Maravillado ante semejante hallazgo, dice con vos alegre: abu!! Encontré un collar!!!
Seguro que es de un gigante.
-Sí Nacho, es del gigante que se quedó dormido y nadie sabe quién se lo quitó.
El niño lleno de intriga pregunta: abu, ¿vos sabes qué pasó?
-Sí, Nacho, sí quieres te cuento…
Y así nace... El gigante y su collar de perlas.
En un campo, cerca de grandes barrancas vivía un gigante. Un enorme señor con su barba blanca y ropa colorida, lo único negro que tenía era su collar.
Jamás se lo quitaba, ni para dormir, ni cuando se acordaba que tenía que meterse en el río para lavar su gran cuerpo.
Nadie sabía de dónde había sacado semejante collar, como él hablaba poco, la gente no le preguntaba.
Iba y venía por los campos, los bosques, los montes siempre, siempre llevando aquellas perlas negras que tanto amaba.
Hasta que un día... de tanto y tanto andar se quedó completamente dormido, pero muy muy dormido. Cuando despertó, estiró sus largas piernas, sus brazos enormes que casi tocaban las nubes, sacudió su larga cabellera. Empezó a caminar... hasta que se detiene bruscamente, tocándose el pecho, se da cuenta que no lleva su precioso collar, desesperado corre hacia el lugar donde se había quedado dormido.
Busca y busca entre las ramas, corta los yuyos con sus grandes manos, sopla la tierra con toda la fuerza de sus potentes pulmones y nada…. El collar no aparecia.
Mira y mira... tratando de descubrir un intruso, pero no hay nadie, absolutamente nadie, ni siquiera un mosquito. Grita con todas sus fuerzas preguntando ¿dónde está, quién lo tiene? Es mío!!, mío!!, voy a recorrer el mundo si es necesario pero lo voy a encontrar!!…
Y así comenzó a escarbar cada trocito de la tierra. Trepando los árboles por si algún pájaro lo tenía, pero los días pasaban y el collar no aparecía.
Cada día estaba más y más triste, no comía, no cantaba, sólo se escuchaba el gran rugir de su enojo y desde lejos, se veía el polvo del camino cuando arrastraba sus pies cansado de tanto andar.
Hasta que un día se quedó sin voz… sin fuerza para seguir caminando y preguntando por su joya tan querida.
Aquellos animales que lo conocían, sentían tristeza por el gigante y no encontraban forma de ayudar, nadie sabía quién le había robado el collar. Se miraban unos a otros pero sin hablar; todos desconfiaban de todos y así se armó un gran alboroto entre los animales porque no sabían qué había pasado.
Hasta que una vieja lechuza chistó tan fuerte que se la escuchó en todas partes, los animales hicieron silencio y escucharon el mensaje del ave más vieja del lugar: no discutamos, ayudemos al pobre gigante a recobrar la alegría, me da mucha tristeza verlo tan, pero tan abatido.
Y así comenzaron a charlar entre ellos, preguntando quién podría tener el collar.
Lo buscaron entre el pelaje de los caballos, entre las coloridas plumas de pavos y gallaretas, entre los duros pelos del pecarí, entre las suaves plumas de tucán y dentro de la enorme boca del yacaré, nadie quedó sin ser registrado, pero el collar no aparecía... y el gigante cada vez estaba más triste.
No dormía, no comía, no salía a caminar y no se movía de donde hacía mucho tiempo se había sentado a descansar.
Cerca del campo donde vivía el gigante había una escuela; los niños del lugar observaron que las aves no cantaban alegres como otros días, las mariposas no desplegaban sus alas de colores y las nubes se veían siempre oscuras como cargadas de lluvia, ¿qué estará pasando?
Hasta que un niño que apenas hablaba de sobrenombre Tito les dice: mi abuela me contó que un gigante perdió un gran collar de perlas negras y no lo encuentra. Todos están buscando, pero nadie sabe dónde está.
Entonces; otro niño pregunta: no quieren que vayamos hasta dónde está el gigante?
Todos a coro preguntan ¿y para qué?
Tengo una idea, les dice: ¿vieron esa planta enorme que está colgando en la casa de mi tía Laura? ¿Esa que cuelga y que le cortamos las pelotitas?
Sí, dice uno de los niños que escuchaba con atención; pero esa es verde, el collar del gigante es de perlas negras.
No importa... le diremos que el collar se transformó en una hermosa planta. Como pasó mucho tiempo... las perlas se transformaron y un día volverán a ser negra y será como el collar.
Cuando todos se pusieron de acuerdo sin que nadie los viera se llevaron la planta de la tía Laura hasta el lugar donde el gigante se había quedado dormido.
Los animales observaban silenciosamente, no querían interrumpir el plan de los niños ni tampoco alertar al gigante dormido.
Los pequeños con mucho esfuerzo llevaron la gran planta y la pusieron justo donde el gigante había apoyado una vez, su cabeza para descansar.
Volvieron a sus casas, esperando ver reaccionar al gran hombre.
Los días pasan... y pasan... intrigados los niños no sabían cómo hacer para enterarse de alguna novedad.
Los animales seguían igual, nada indicaba que el gigante había visto la planta que crecía verde, hermosa, como si supiera...
Hasta que otra vez a la sabia lechuza se le ocurrió una idea:
Despertar al gigante y llevarlo hasta donde crecía la planta.
¿Para qué? Preguntaron a coro los niños.
Le diremos que su collar se transformó en esa hermosa planta verde.
Seguro que recobrará su alegría.
Fueron hasta donde estaba el gigante con mucho temor, cuando llegaron se encuentran con una sorpresa; el gigante estaba muy alegre y sin entender qué estaba pasando, con voz temblorosa le preguntan: ¿qué pasa que ríes así?
Ja ja ja, soy muy feliz!!!! Soñé que mi collar se transformó en una hermosa planta, tan bonita como una mujer y la llamé Rosario.
Los niños preguntaron: ¿dónde está tu planta?
El gigante rascándose la barba, muy pensativo dice: no sé, tendré que salir a buscar, en algún lugar debe estar.
Entonces una lechuza dice: sé dónde puede estar; desde el cielo mientras volaba vi brillar unas hermosas perlas verdes donde una vez te quedaste dormido.
Todos corrieron al lugar, sin poder alcanzar al gigante que caminaba con pasos enormes, porque sus piernas eran muy largas. Cuando llegaron al lugar vieron la planta de la tía Laura que colgaba desde el barranco ostentando sus perlas como si fuera un hermoso collar y así el gigante dejó la tristeza, la melancolía para ser feliz junto a Rosario, su planta.
Nunca se enteró que al collar se lo había quitado una viejita que vivía con muchos perros, que se lo había regalado a Doña Clota porque esta era muy buena y siempre le regalaba ricos platos de sopa con fideos cabello de ángel.
Es así como ese collar común y corriente pasó a ser una joya de mucho valor por todo lo que significó calmar al enorme gigante, que siguió viviendo muy feliz mostrando su planta a todos los peregrinos del lugar.
KIRA

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