La negra noche no delataba las formas fantasmales de los seres que rítmicamente cantaban unidos a las caricias del viento tan caliente y suave como miga de pan.
El arroyo no entonaba su canción, la quietud lo tenía amordazado, la serenidad noctámbula aprisionaba su garganta y solo atinaba a deslizarse como escurridizo hurtador hasta llegar a la gran boca del Paraná.
La distancia era marcada por el tic tac de su pequeño corazón por la oscura linfa, útero de camalotes, amantes de quejosas e insaciable canoas que se dejan acariciar buscando desesperadas mitigar el deseo de hundirse en las entrañas profundas de color marrón.
Canoas con brazos en descanso perezoso sobre su columna transversal.
El tiempo parece no pasar y ahí en la oscuridad, en la opacidad sus ojos interrogantes parecen atravesar la distancia caprichosa que se niega a predecir si su magno varón se acercará al fin.
En el inestable muelle de madera, víctima de la naturaleza, espera, suspira y ni las estrellas pueden calmar el deseo que se quiere escapar de la aterciopelada cavidad, ávida de gritar, ¡ven, apúrate, amado varón!
Los faroles acusadores asesinos de la quieta soledad no se dejan ver, pero ella sabe que falta poco para que sus destinos converjan más allá de la edad.
Lo sabe, se lo revelan los gritos angustiosos de seres obligados a dejar presurosos la modorra de una y tantas noches que los cobija y les da libertad.
Seres agoreros levantan vuelo, desplegando su grima ante la invasión, son sus lamentos los que llegan a su corazón esperanzado por verlo llegar.
Desde hace meses espera cada noche la señal delatora de su proximidad.
Unida al muelle en total quietud, le asusta que las viejas maderas protesten con sus acostumbrados rechinar.
Nada debe delatar su presencia en el lugar.
Atrás, a pocos pasos, pero a su vez totalmente lejano el lenguaje de ellos, con lenguas opacas, celestiales, rencorosas, cansinas, melodiosas, malignas, sórdidas, ilusas, meditativas, ebrias todas ellas, unidas por el diabólico líquido de engañosas esperanzas, anulador de voluntades, atiborrados de discursos oscuros como el tinto que consume sus cerebros y embota sus sentidos.
Ahí estaba… parte de su mundo, entre ellos… un mundo impregnado con aroma a tabaco y anís.
Cada noche su adolescente mirada siguiendo la curva de cada paso, de cada tropiezo, perdiendo la compostura de la dignidad machista hasta desaparecer en la oscuridad.
Existía algo más, lo percibía, ese no era del todo su mundo, se negaba a que lo fuera, sentía que había algo más allá de los juncales y el Paraná.
Sabía que podía ser diferente, fascinante, quizás hasta prohibido, un mundo que su padre le negaba sin consideración.
No quería aferrarse a la idea de tener que negar la existencia de ese algo más.
Su amado le enseñó las primeras imágenes brillantes, atemorizantes en un arrugado papel que le sabe a terciopelo y que celosamente guarda en su estrujado bolsillo para seguir soñando cada tarde con la promesa de libertad.
Lo espera con ansias, Él es el único que sabe prodigarla de verdadera alegría, sabe cómo extraer su auténtica identidad, cobijándola, amándola, más allá de aquél que le dio la vida, que la ayudó a crecer en soledad, sin amigos, brindándole lo que creía necesario pero que ya no bastaba para ese corazón, para ese rincón del alma que suspiraba ilusionado con las zozobras del amor, de la pasión, a la espera de un silbido sin igual que se perdía entre los juncos y el cañaveral.
El pequeño bote es sombra y nada más, sigiloso, sereno, acercándose a destino, cómplice del amor callado que ya no quiere esperar.
Sobre el muelle ve a su ninfa, a su musa, a la dueña de su corazón y es cuando comprende que sólo les queda dejarse llevar a las profundas aguas del río llorón, donde eternamente vivirán, unidos por el gran amor que nadie entendería por ser la niña y el viejo pescador.
Su viejo y pequeño bote, único testigo de los que llaman tragedia y terquedad, una mañana triste aparece solo en el Paraná.
Y… una niña de quince, un hombre de edad unidos en un río que ya nadie quiere navegar, donde sólo cantan los agoreros de la oscuridad, testigos de aquél amor prohibido, censurado y maldecido sin piedad.
Cuentan los lugareños que en la boca del Paraná se abrazan dos arroyos y no se puede navegar, se arremolinan sus aguas, se apresuran a devorar a quien osa interrumpir el gran abrazo de la niña y el pescador que unidos en soledad se alejaron de este mundo en un abrazo celestial.
"KIRA"

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